Las cuatro revoluciones burguesas se han caracterizado por:
Una fase tan prolongada a la fuerza presenta niveles diferentes en la filosofía que define al "hombre burgués". Al comienzo se entremezclan dos corrientes: el racionalismo continental con Descartes, Spinoza y Leibniz y en Inglaterra, el empirismo con Hobbes, Locke, Newton y Humme. No podemos entrar a la discusión de en qué grado las diferencias entre ambas corrientes reflejaban las diferencias de composición y evolución del capitalismo continental o insular. Considerándolos como una doble expresión del mismo proceso, su diferencia con respecto al "hombre renacentista" es ya apreciable y es cualitativa con respecto a la concepción católica que en cuanto tal anula al ser humano. Con el desarrollo burgués ambas corrientes quedan superadas e integradas primero en la Ilustración, que se puede definir como el segundo paso en la concreción del "hombre burgués", y luego, tras el mérito de Kant, en la dialéctica idealista de Hegel, máximo y postrero esfuerzo sistemático de la concepción burguesa del ser humano. Su grandeza y su miseria aparece en su tesis de que todo la real es racional. Soy de los que opinan que con Comte comienza el estancamiento de la filosofía burguesa, que renuncia primero a los juicios de valor en el positivismo cientifista para hundirse luego en diversos irracionalismos y en fugaces modas filosóficas. No podemos hacer aquí recorrido similar en el campo de la economía política y sus transformaciones al son de los problemas sociales de todo tipo.
El "hombre burgués" irrumpe en la Historia con el fusil en una mano y en la otra el libro de la ciencia y de los "derechos humanos". Podríamos decir que era el "libro de la ciencia del bien y del mal", ese que quisieron leer Eva y Adán siendo castigados por ello. Pero en su bolso lleva el dinero y en su cabeza y alma lo que el brillante Sohn Rethel define como abstracción-intercambio tan dialécticamente unida a lo que Marx definiera abstracción-mercancía. El "hombre burgués" tiene por tanto una incapacidad estructural para independizar su alma y su cabeza de la fuerza atractora de su bolsillo, de su chequera. No importa que sea un "hombre burgués" obrero/a, parado/a, ateo/a, artista o científico: la estructura psíquica de todas ellas/os se caracteriza por su falsa conciencia necesaria que es falsa no por defecto de conciencia, sino del orden histórico que les ha tocado vivir y al cual no se enfrentan para desalienarse y desarrollar una conciencia verdadera. Muchos lo han intentado y comparado sus logros con los de las fases anteriores es perceptible un avance y también, con él, una agudización de sus trabas alienadoras. Hegel simbolizó mejor que nadie esa lucha.
El "hombre burgués" redactó en medio del fragor de las batallas los iniciales derechos democráticos censatarios y de propiedad; después los "derechos del ciudadano" que seguían siendo de propiedad; más tarde los "derechos del hombre" que seguían siendo de propiedad y ahora los "derechos de los pueblos", que son también de propiedad. Toda democracia burguesa es de propiedad, se basa, funciona y vive por y para la propiedad burguesa. En la práctica, la democracia burguesa dejó de ser efectivamente operativa para el Capital a mediados del siglo XIX cuando empezó a ulular por Europa el fantasma del comunismo. Desde entonces, sus verdaderos centros democráticos de decisión no son los parlamentos sino los grandes bancos, las sedes de los monopolios y grandes transnacionales, los centros de planificación de inversiones en nuevas tecnologías y en el complejo industrial-militar, las salas de bandera y las sacristías del Vaticano.
En estas condiciones estructurales, el "hombre burgués", que perfectamente puede llamarse Margaret Thatcher, Golda Meyer o Lola Loretxu, miembro de los secretas de la ertzantza, no tiene ninguna vida personal ni colectiva. Tiene relaciones de intercambio mercantil, pues no es una persona independiente sino una cosa cubierta de persona. Tiene más posibilidades de desarrollo personal que el "hombre griego" o "renacentista" al haberse multiplicado la producción de necesidades, pero no las materializa sino al contrario, aumenta su alienación al entrar más y más en el círculo viciado de la producción-consumo-reproducción y vuelta a empezar. Se cree más libre cuanto más mercancía es. La cosificación genera su invisibilidad o camuflaje gracias al consumo compulsivo y a la generalización de la tarjeta de crédito que es la anti-libertad en estado puro.
La oleada de luchas de 1848-1849 anuncia el comienzo de la cuarta fase de emancipación humana y de intensa experimentación praxística de nuevas relaciones interpersonales. La Comuna de París de 1871 dio un paso fundamental. El auge de organizaciones, sindicatos y partidos reformistas o revolucionarios, con sus amplias redes, centros, escuelas, bibliotecas, prensa, etc., va unido a una tensión entre nuevas y viejas relaciones interpersonales, sin olvidar el efecto negativo de las estrategias represoras burguesas, y la decisiva llaga abierta de la opresión de la mujer dentro de las clases trabajadoras. Estos y otros problemas están en el fondo de las resistencias que minan la disciplina de todos los ejércitos europeos desde el final de 1916. La oleada revolucionaria de 1917 agudiza el problema para la burguesía que reacciona con la versión fascista del "hombre burgués", exacerbando su profundo odio y miedo, gregarismo y racismo, militarismo y sexismo. La decisiva intervención de la URSS en la derrota del fascismo más la situación interna en la Europa capitalista, obliga a la burguesía a cambiar de ropaje a su "hombre" desde comienzos de la década de 1950. Contra el "hombre 'socialista'" del PCUS aparece la versión consumista y "democrática" del modelo yanki hollywoodiano. Desaparecido el "hombre 'socialista'" el Capital ya no necesita esa versión y cambia de nuevo los ropajes del "hombre burgués".
8. Emancipación e historia (4): la ficción estalinista del hombre socialista.